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martes, 28 de diciembre de 2010

Dulce transgresión

1 comentarios

La crisis económica resuena en los medios masivos de comunicación, en los foros, redes sociales y en las investigaciones, pero la afluencia de personas dentro de los centros comerciales y las grandes filas que tocar hacer, en estas particulares fechas, para cancelar un artículo son realmente ridículas.


Dentro de unos cuantos días la mayoría le diremos adiós al subsidio de gas propano, la gasolina no para de subir sus precios, y con el aumento salarial a los empleados públicos la canasta básica no tarda en experimentar algún tipo de alza. Sin embargo, nos lanzamos como locos en busca del objeto – literalmente- de nuestras afecciones económicas en lugar de prepararnos para la época de vacas flacas.


A mi parecer, la crisis que realmente padecemos es la de falta de identidad. Nuevamente, un mal acogimiento a lo que la globalización trae consigo; ya que países tercermundistas como el nuestro están en el ojo del huracán en donde, con la euforia con que un niño abre un regalo, recibimos las sobras de temporadas pasadas o de aquello no tan nuevo o sofisticado de países vanguardistas como los europeos y sobre todo de Estados Unidos, nación que se ha convertido en una especie de padre del cual debemos seguir órdenes, estatutos y copiar estilos de vida, alimentación, vestuario, entre otros.


Cabelleras que fingen ser rubias, obsesión por cuerpo de pasarela, ropa estrafalaria que no se adecúa al clima, zapatos que lastiman los pies y teléfonos que desconectan del mundo real a cualquiera, son solo una pequeña muestra de cómo nos ha impactado el fenómeno de la moda, en el que si no eres parte del experimento de los diseñadores no estás en nada.


Nos encanta que halaguen nuestro gusto o que por lo menos alguien se fije en la nueva adquisición; de tal manera que la satisfacción que buscamos en los objetos ha dejado de ser utilitaria para convertirse en algo lúdico que desechamos en cuanto nos aburre o vemos que alguien más lo tiene. Nuestra forma de vestir deja de ser un instrumento que nos cubre de las inclemencias del tiempo para darle paso a la exteriorización de lo que somos y tenemos.


Conservadora o no, la sociedad salvadoreña ha dejado aplastar y pisoteado al mismo tiempo muchos de los valores por los que nuestras abuelitas se rasgarían las vestiduras; nos hemos dejado invadir por el culto a la fantasía y a la novedad, y nos sentimos desdichados si no tenemos algo que grite nuestro gusto por el consumo.

One Response so far

  1. Miguel says:

    Definitivamente tenes toda la razòn en esta publicaciòn cada parrafo que leía aunque me da pena pero me identificaba en muchos aspectos. caemos bien facil ante los trucos mercantilistas de los almacenes y los grandes comercios. me ha hecho reflexionar

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