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martes, 10 de enero de 2012

El objetivo

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La cuestión es así: fue un error garrafal el pensar que con la firma de los acuerdos de paz se había alcanzado el estado ideal del país. 
Nuestro objetivo como país no se debe limitar a los papeles, a lo simbólico, a lo "histórico".
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lunes, 9 de enero de 2012

Los primeros 20 años

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Aquellos que pensaron (pensamos) que con la firma de los acuerdos en Chapultepec aquel 16 de enero de 1992 comenzaría una etapa de prosperidad incontenible para esta pequeña nación, tomando en cuenta que ahora todos trabajaríamos por un mismo fin y las discusiones estériles por poder acabarían, se han llevado la desilusión más grande de sus vidas.
Pocas personas habrían imaginado que la beligerancia militar se ha convertido en un caldero de malas intenciones disfrazado de convivencia política pacífica. Es una situación con demasiados visos de irrealidad. 
Acá puedo sentarme a escribir sobre las connotaciones sociológicas o jurídicas de lo que sucede. Puedo decir que los acuerdos, con honestidad, no se han cumplido más que a la mitad. Pero todo eso ya es inútil. Lo que puedo decir es que soy un salvadoreño más con esa sensación de desesperanza ante lo que sucede día a día. 
El año pasado escribí esto   y a estas alturas no tengo respuestas a las mismas preguntas. Lo que ha crecido es ese sentimiento de decepción. Todo, todo se debe cambiar. 
Los cambios de partido en gobierno no funcionan, y los cambios en la idea de los políticos nacionales son algo imposible.  
He insistido mucho en el cambio de sistema o de aplicación de sistema democrático en el país. Todos estamos conscientes en alguna medida que no vivimos en una verdadera democracia, y ni siquiera en partidocracia. Vivimos en una obvia cupulocracia que no permite que las mayorías puedan ejercer su poder. 

Tenemos uno de los índices de asesinatos más grandes del mundo. Mencionan al país en alguna película o en algún libro y siempre es porque acá mueren por las maras, que acá la vida no vale nada. Es irreal darse cuenta como cuando hablás con alguien que jamás ha venido al país y te dice que El Salvador es un lugar desconocido, o conocido únicamente por ser una zona peligrosa para vivir que queda abajo de México. Me entristece. 
A veces pienso que seguir escribiendo, que protestar, que hacer carteles y plantarse frente a las instituciones corruptas que manejan el país, es absolutamente inútil. Todo será inútil mientras no se solucione la desigualdad social. Mientras la paz dependa de cerrar la brecha social entre clases antagónicas que muy a pesar nuestro se odian sin más motivo que la vida que ha tocado vivir, la paz no será más que algo utópico sobre lo cual escribir cada 16 de enero. Mientras tanto, esto está perdido. La paz cumplió su mayoría de edad y es inoperante.

¿Qué quiero? Medidas estructurales. Un país en el que los intereses de nación valgan más que los intereses privados. Donde los impuestos sean justos y equitativos, donde las oportunidades de inversión y de trabajo sean iguales para todos y no dependan de compadrazgos. 
En fin, quiero vivir en otro país. 
Todos dicen que cada persona que se queja por como está el país deberían ponerse a trabajar para construir el país que queremos. Yo creo que callarme es lo peor que puedo hacer. 
¿Qué haremos?
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